La señal lejana del
siete de Pedro Antonio Valdez
El ángel se le apareció en el sueño y le entregó un
libro cuya única señal era un siete. En el desayuno miró servidas siete tazas
de café. Haciendo un leve ejercicio de memoria reparó en que
había nacido día siete, mes siete, hora siete. Abrió el periódico casualmente
en la página siete y encontró la foto de un caballo con el número siete que
competiría en la carrera siete. Era hoy su cumpleaños y todo daba siete.
Entonces recordó la señal del ángel y se persignó con gratitud.
Entró al banco a retirar todos sus ahorros. Empeñó sus pertenencias,
hipotecó la casa y consiguió préstamo. Luego llegó al hipódromo y apostó todo
el dinero al caballo del periódico, coincidencialmente en la ventanilla siete.
Sentóse -sin darse cuenta- en la butaca siete de la fila siete. Esperó. Cuando
arrancó la carrera, la grada se puso de pie uniformemente y estalló en un
desorden desproporcionado; pero él se mantuvo con serenidad. El caballo siete
cogió la delantera entre el tamborileo de los cascos y la vorágine
de polvo. La carrera finalizó precisamente a las siete y el caballo siete, de
la carrera siete, llegó en el lugar número siete.
La búsqueda de la espada
Quien
muere dormido ignora que ha muerto.
Talmud
Talmud
Luego de su fracasada búsqueda del Santo Grial, Luca
de Santamaría se internó en un manojo de papeles antiguos y un ajado
ejemplar de la Historia Scolástica. Veintidós años de cálculos geométricos
o cartográficos, sumados a otros cinco de correcciones imparciales
que en ocasiones lo llevaron a diferir de Ptolomeo, arrojaron por
resultado una diminuta cruz sobre un mapa gastado, la cual señalaba el lugar
exacto donde el Ángel del Señor había enterrado la espada que guardaba al Árbol
de la Vida y de la Ciencia del Bien y el Mal, cuya ventura debía transferir la
eternidad a quien la encontrare. La expedición partió de inmediato rumbo a las
tierras orientales. La travesía se extendió por algunos meses durante
los cuales no se hizo tardar el racionamiento, las fiebres, el saqueo,
la deserción y uno que otro ahorcamientos en nombre de la Fe. Una mañana
de San Miguel, arribaron al sitio señalado, cavaron en cruz y
desenterraron la espada, que estaba tibia. La espada era de hierro forjado y
había caído allí por simple casualidad en los primeros años de la Santa Cruzada. Pero nadie lo supo. Esa
misma tarde, Luca de Santamaría -dormido y cargado de gloria- murió bajo la
sombra de un árbol.
La metresa en
sueños de alquimia
El hombre salió al patio y contempló inexpresivamente
al perro atado al árbol. Luego soltó la cadena y regresó al interior de la
casa. El perro, que era de madera, siguió inmóvil y silencioso debajo del
árbol. La cadena se estiró levemente y desapareció arrastrándose entre los guijarros.
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